Cómo una desintoxicación digital puede salvar tu carrera
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Te contamos cómo dejar de usar las nuevas tecnologías durante un tiempo puede ser de gran ayuda.

Unos días antes de empezar mi trabajo como presentador de un programa de negocios en Bloomberg, mi jefe organizó una videoconferencia con el resto del equipo en San Francisco. Durante la llamada, empecé a escribir frenéticamente un correo electrónico en mi teléfono. Quería que el equipo viera lo mucho que estaba trabajando y la seriedad con la que me tomaba el trabajo. Por el rabillo del ojo, vi que mi jefe cogía su teléfono. "¡Ves!" pensé. "Sabemos lo que tenemos que hacer para salir adelante. Él me entiende!" Y justo en ese momento, ¡me llegó otro correo electrónico! Lo pulsé inmediatamente. Era un mensaje de una sola línea... de mi jefe: "Presta atención. Deja el teléfono".

Mi intención no era parecer un mal jugador de equipo o irrespetuoso. Al contrario, trabajaba para el equipo y quería que lo supieran. Pero me di cuenta de que trabajar para el equipo y trabajar con el equipo son dos cosas diferentes. Estar distraído y ser poco profesional es solo una de las formas en que el teléfono merma tus superpoderes. Si deseas que los demás respeten tu valioso tiempo, debes prestarles la misma consideración. Eso significa estar presente en las reuniones y escuchar activamente a los que te rodean, no asentir sin pensar por encima de tu pantalla.

Por supuesto, nadie va a volver a hacer negocios por correo postal en un futuro próximo, así que tenemos que ser capaces de utilizarlo pero sin abusar de él, o dejar que abuse de nosotros. Para mí, una desintoxicación fue la mejor forma de restablecer mi relación con mi teléfono. ¿Suena difícil? Lo fue, pero al final salvó mi carrera. Así es cómo lo hice, y cómo me ayudó (y puede ayudarte a ti también).

1. Desconectar por completo

Sabiendo que nunca podría desconectar del todo si me quedaba en la ciudad, con todas sus distracciones fáciles y su interminable bombardeo de pantallas, opté por un retiro en la naturaleza. Así que allí estaba, en una cabaña. Con un baño compartido. Básicamente, en un campamento de lujo. Sin teléfono. Sin correos electrónicos que revisar. Sin mensajes de texto. Sin cámara. Sin aplicaciones. Nada. E incluso si hubiera conseguido colar un teléfono, no había cobertura.

El primer día fue como dejar las drogas... el síndrome de abstinencia al máximo. Ansiedad total por la separación. Me iba de excursión con vistas preciosas que pedían aparecer en Instagram a gritos, y no tenía forma de hacer ni siquiera una foto. Pero cada día era un poco más fácil, y al final, era francamente liberador. Al bajar de mi subidón digital, observé algunos grandes cambios en mí.

2. Apreciar el mundo fuera de la pantalla

Lo primero de lo que me di cuenta fue de que era más consciente del mundo que me rodeaba, algo que me habría perdido con un teléfono a mano. Mientras caminaba por el bosque, observaba las distintas plantas y arbustos y las diferencias en la textura de sus hojas. Me maravillé con los diferentes tonos de madera de los paneles que recubrían mi habitación. Mis sentidos se agudizaban en todo lo que hacía, desde atarme los zapatos hasta ver una puesta de sol que solo podía ser captada con mis ojos y mi memoria.

3. Dormir mejor

Lo siguiente que noté fue que me sentía más alerta a las 6 de la mañana de lo que solía estarlo a las 8 después de dos tazas de café. Despertarme para ver el amanecer era glorioso y fácil porque me costaba menos conciliar el sueño. No había ninguna luz de teléfono que me iluminara los ojos antes de acostarme, arruinando la oscuridad natural (y mis ojos). En su lugar, leía o simplemente me dormía directamente después de un día completo, rico y lleno de aventuras.

4. Estar más presente

Por último, me di cuenta de lo presente que estaba con todas las personas con las que hablaba. Me involucraba más en las historias que me contaban. Recordaba pequeños detalles de cada persona que conocía y de lo que habíamos hablado como nunca antes lo había hecho. Incluso fui capaz de afrontar algunas conversaciones difíciles, directamente y en persona, aplastando el conflicto mucho más rápido de lo que lo hubiera hecho un bombardeo de mensajes de texto.

Claro, todas estas son cosas sencillas en las que podría haber trabajado antes de tomarme un descanso digital, pero nunca pensé que lo necesitaba. Ni siquiera se me ocurrió pensar en ello. Me hizo falta una semana sin el teléfono para empezar a mirar al mundo con ojos nuevos y a las cosas de mí mismo que había perdido de vista.

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